Manuel Molina

Manuel Molina
Retrato de Ramón Palmeral 2017

viernes, 14 de abril de 2017

El fulgor de una década en Alicante, por José Ramón Giner

El fulgor de una década

En el transcurso de los años que van de 1965 a 1975, Alicante vivirá una transformación cultural de una intensidad y magnitud desconocidas hasta entonces

29.10.2016 | 01:37/Información

 
Conferencia de Cela en la primera Aula de Cultura de la Caja de Ahorros del Sureste.
Dibujar un panorama de la cultura alicantina en los últimos setenta y cinco años, no es una tarea fácil. Los sucesos que se han producido a lo largo del periodo han sido tantos y tan diferentes que resulta complicado resumirlos en unas cuartillas. Para trasladar al lector una imagen fiel de lo sucedido en el mundo de la cultura a lo largo de esos tres cuartos de siglo, necesitaría, además, unos conocimientos que no poseo. En el mejor de los casos, los periodistas sabemos un poco de casi todo, pero no dominamos ningún tema en profundidad. Es el punto débil de la profesión. Me limitaré, pues, a dibujar en unos trazos lo que para mí fueron aquellos años, recurriendo a la memoria que tengo de ellos. Espero que algún día los historiadores se animen a contar con detalle la historia de nuestra cultura, que tantas cosas podría revelarnos sobre nosotros.
El Alicante de los años cincuenta, que es el Alicante de mi infancia, apenas alcanza los cien mil habitantes. Es una ciudad amable, que se recorre en dos zancadas y en la que todo el mundo se conoce. Es, también, una ciudad triste. El país vive en un régimen de autarquía y escasez, sometido a una férrea dictadura. No es preciso decir que, en estas condiciones, la vida cultural de Alicante es pobre, muy pobre: unas exposiciones de pintura convencionales, alguna que otra charla, un concierto de tarde en tarde, y el teatro, sobre todo el teatro de revista.
En cuanto llega el verano, se produce, sin embargo, una excepción que rompe la insípida vida cultural de la provincia: los Festivales de España. Durante algunos días, el público tiene la posibilidad de asistir a conciertos importantes; ver obras de teatro a cargo de las mejores compañías, y, en ocasiones, incluso algo de ballet. El gran Maurice Bejart nos visitará en una de ellas. Los festivales más famosos de la provincia son los que se celebran en Elche, en el Hort del Xocolater, y se consideran un acontecimiento social. Alicante también tendrá sus festivales, pero ni el marco ni la programación alcanzarán la misma categoría.
Los Festivales de España no respondían a la realidad del país. Eran un instrumento de propaganda que el gobierno utilizaba para dar una imagen de modernidad que la prensa del momento, bien adiestrada, se encargaba de airear. Acabados los espectáculos, la vida cultural regresaba a la mediocridad propia de la época, ese tono gris que ha quedado grabado en mi memoria. Nada explica mejor el estado de la cultura en Alicante, durante aquellos años, que el número de centros de enseñanza que tenía la ciudad: un único instituto de Enseñanza Media, una Escuela de Magisterio y otra de Comercio.

No sería justo acabar el recorrido por ese tiempo sin mencionar la biblioteca Gabriel Miró. La biblioteca fue una creación de la Caja de Ahorros del Sureste de España y se inauguró en 1952, en un edificio de la calle Rafael Terol, a espaldas de la sede central de la Caja. Durante muchos años fue, si no estoy equivocado, la única biblioteca de Alicante en activo pues la Provincial se encontraba, en la práctica, fuera de servicio. Para el alicantino con alguna inquietud cultural, la biblioteca Gabriel Miró fue un refugio que le surtía de lecturas. Allí leímos, en la revista Poesía Española, los primeros versos de Pessoa –cuando todavía no sabíamos quién era Pessoa– y de Vicente Aleixandre, y conocimos a Camus, que tanto habría de impresionarnos.
Escándalo en la ciudad
 Al igual que en el resto del país, Alicante comienza a despertar a principios de los años sesenta. Las causas hemos de buscarlas en el Plan de Estabilización que el gobierno había aprobado en 1959, ante la mala situación en que se encontraba la economía. El Plan abrió la puerta a las inversiones extranjeras, que encontraron en España una mano de obra abundante y barata para sus empresas. Las consecuencias comenzarán a verse en los años siguientes, cuando el dinero circule y aumente el nivel de vida de la población. La cultura se contagiará pronto de ese clima favorable que trajo la buena la marcha de la economía.
El primer anuncio de que las cosas empezaban a moverse en Alicante se producirá en febrero de 1965, durante el fallo del III Salón Nacional de Pintura. El Salón era una de las escasas manifestaciones culturales de relieve que se celebraban en la ciudad. Su carácter nacional y el hecho de estar patrocinado por la Caja de Ahorros del Sureste le otorgaban una gran importancia a los ojos del público, poco habituado a las grandes exposiciones. La Caja era por entonces „lo sería durante muchos años„  una institución muy respetada entre los alicantinos, con un gran peso en la economía provincial.
La organización del Salón estaba encomendada a Ernesto Contreras, empleado de la misma Caja y que poco antes había obtenido un accésit en el Adonais, el premio de poesía más valorado en aquel momento. Formado en las ideas estéticas de Luckas y Galvano della Volpe, Contreras ejercía como crítico de arte en INFORMACIÓN. El jurado de esta tercera edición del Salón –jurado que había elegido Contreras– lo formaban los señores Aguilera Cerni, Rodríguez Aguilera, y Manuel Sánchez Camargo. Era, posiblemente, uno de los mejores jurados de arte –hablamos de pintura de vanguardia– que se podía reunir en aquel momento. El fallo respondió, como era lógico, a las ideas y al gusto estético de esas personas. Los artistas premiados fueron Solbes y Valdés, que compartieron la medalla de oro, Carlos Mensa y Eduardo Sanz. Visto con la perspectiva que dan los años, no podemos decir que el jurado estuviera desacertado en su elección.
Era imposible que Alicante aceptara sin protestar unas obras como las elegidas. La ciudad vivía por completo de espaldas a las corrientes del arte del momento. Como sucedía en la mayor parte del territorio, el alicantino se inclinaba por una pintura amable, de gusto fácil. El fallo,  por fuerza, tenía que disgustar en una sociedad semejante. El escándalo fue mayúsculo y durante varios días el tema dominó todas las conversaciones. El periodista Fernando Gil lo contaba de esta manera en INFORMACIÓN: «El asunto empezó con champaña y concluyó en un berrinche casi colectivo. Cincuenta personas invitadas, unas botellas de vino espumoso y dos horas de interminable espera para que el jurado facilitara su resolución y la hiciera pública.
Lo que había empezado con muy buen humor a las once de la noche, concluía a las dos de la madrugada en un ambiente de desagrado porque buena parte de los asistentes –y nos quedamos cortos– mostró su disconformidad al conocer el fallo que, dicen, es un fallo de otros». La polémica llegó a un punto que obligó a pronunciarse al propio director de la Caja, Antonio Ramos Carratalá: «El fallo del jurado [...] me decepcionó profundamente por dos razones: una, que no cabía esperarlo de un jurado que lo integraban personas de indiscutible valía por su solvencia intelectual en todos los órdenes y muy destacadamente en el artístico y pictórico; la otra, por las obras premiadas argüía que los primeros galardones premiaban una inquietud, un ambiente, en el campo de lo social; pero aun admitiendo ello, las obras, a mi criterio, no merecían ser premiadas».
Renovación artística
La labor de Contreras como crítico en las páginas de INFORMACIÓN tendrá una gran incidencia en el arte alicantino de la época. Contreras fue un decidido defensor del arte moderno y trabajó para abrir la provincia a las nuevas corrientes estéticas del país. La creación de Alcoiarts y del Grup d'Elx fue resultado de esa influencia y el crítico ejerció como mentor de los artistas durante un periodo. Estos dos grupos de pintores participaron activamente en la puesta al día de la pintura en la provincia. Su propósito era revitalizar el arte local, que se encontraba estancado ante la falta de estímulos, y asociarlo al que se hacía en las grandes capitales de la nación. Los encuentros que organizó el Grup d'Elx, a los que asistieron los mejores artistas españoles del momento, contribuyeron a difundir entre nosotros las nuevas ideas.
Atribuir la renovación del arte en la provincia únicamente al trabajo de estos hombres quizá resulte exagerado. Su labor fue, sin duda, destacada, pero quizá debamos verla como un elemento más del espíritu abierto que marcó la época. Aunque, en ocasiones, los cambios puedan deberse al genio individual, lo normal es que las cosas se produzcan de otra manera. Suele necesitarse algo más que la voluntad de un individuo para iniciar el proceso: hace falta un fermento que ponga a trabajar a la vez a un buen número de voluntades diferentes. Eso fue lo que sucedió en la provincia de Alicante en esta ocasión.
La gran transformación
En el transcurso de los años que van de 1965 a 1975, Alicante vivirá una transformación cultural de una intensidad y magnitud desconocidas hasta entonces. En cada población de cierta importancia surgirá un grupo de teatro: en Elche será La Carátula; en Elda, Coturno; Alba 70, en Alicante. Es en este periodo cuando La Cazuela, que se había fundado en Alcoy, en 1955, realice los montajes que le proporcionarán una fama nacional. En 1965, los alcoyanos presentan una adaptación de «El proceso», de Kafka y, al año siguiente, «La muralla china», de Max Frisch, la obra que tanto prestigio habrá de darle al grupo. La modernidad de los repertorios será una de las características de estas compañías. Las obras que producen son, casi todas ellas, de autores contemporáneos y, en muchos casos, de dramaturgos extranjeros. Hay un deseo general de cambio, un ansia por conocer cosas nuevas, actuales, en un intento de recuperar el tiempo perdido.

Esta inquietud no será exclusiva del mundo del teatro, y alcanzará otros ámbitos. A partir de 1965, los acontecimientos se suceden con rapidez, de un modo casi vertiginoso. En diciembre del 66, inicia sus sesiones el Cine Club Chaplin. Un año después, en 1967, se funda el Club de Amigos de la Unesco, bajo la presidencia de honor de Oscar Esplá. Ese mismo año, el Instituto de Estudios Alicantinos inicia una etapa con mayor presencia pública. Fundado en 1953, el Instituto apenas había mantenido actividad hasta la llegada de Pedro Zaragoza a la Diputación Provincial. El Centro de Estudios Universitarios „que será la base de la futura universidad„ se crea en 1968. Cuatro años después, en 1972, la Sociedad de Conciertos comienza a ofrecer sus recitales. El Aula de Cultura de la Caja de Ahorros se inaugurará en 1974, y, al año siguiente, lo hará la Asociación Independiente de Teatro, que traerá a Alicante a las mejores compañías del país.
Estas instituciones desempeñaron, cada una a su modo, un papel relevante en la difusión de la cultura en Alicante. Con todo, hay dos que merecen una especial atención por el papel que desempeñaron en la transformación de la provincia: el Aula de Cultura y el Centro de Estudios Universitarios.
El Aula de Cultura de la Caja de Ahorros fue un proyecto personal de Francisco Oliver Narbona, su director general por entonces. En una de esas paradojas que con frecuencia nos ofrece la historia, fue un hombre de talante conservador quien creó la institución que más contribuyó a difundir las ideas modernas y liberales en Alicante. Oliver nombró director del Aula a Carlos Mateo, que había desarrollado toda su vida laboral en la Caja. Con un gran sentido común, Mateo abrió el Aula a las necesidades de la sociedad alicantina y ésta respondió llenando a diario las instalaciones. En el transcurso de unos meses, «el Aula –en palabras del propio Mateo– se convirtió en un auténtico foro de debate del mundo de las ideas y del pensamiento, y expresión de las corrientes estéticas y artísticas de la modernidad». Alain Touraine, Lefevbre, Umberto Eco, Leonardo Sciascia, Franco Basaglia, Paul Ricoeur, Edgar Morin, Jean Braudillard, Ferrater Mora, Hugh Thomas, Tuñón de Lara o Paul Preston fueron algunos de los conferenciantes que pasaron por sus salas. La programación tuvo siempre, en todo momento, un gran aliento intelectual.
La creación, en 1968, del Centro de Estudios Universitarios será un hecho de extraordinaria importancia en el futuro de Alicante. Aunque los comienzos fueron un tanto convulsos y la empresa estuvo a punto de naufragar en algún momento, la idea logró abrirse paso y once años más tarde Alicante tenía universidad. El periodista Mira Candel ha contado con detalle estos pormenores en el libro que escribió sobre la historia del CEU. Pese a la modestia con que el Centro funcionó en los primeros años, con el tiempo ha sido la institución que ha tenido un mayor impacto sobre la cultura alicantina. Sus efectos sobre la provincia, en general, fueron extraordinarios y la universidad se convirtió en un agente cultural de primer orden.
Cambio de escenario
La llegada de la democracia supondrá el fin del movimiento que había renovado la cultura alicantina de una manera tan excepcional. No hay en ello ninguna paradoja, pues se trata de un hecho perfectamente natural. Llega un momento en que estos movimientos se agotan porque las circunstancias que los propiciaron cambian o desaparecen, como todo en esta vida. Como es comprensible, el fin de la actividad no se produce de un día para otro, porque se precisa un tiempo para abandonar la escena. Hacia el final de los setenta, un observador atento ya podía intuir que el clima cultural estaba cambiando en la provincia. La aparición de los partidos políticos desempeñará un papel fundamental en este giro. La novedad que suponía trabajar en la política, atrajo a muchas personas que hasta ese momento habían dedicado su tiempo a la cultura.

Pronto se vio que la nueva situación del país requería unas instituciones diferentes para promover la cultura. La iniciativa privada, que había estado en la base de lo sucedido en Alicante, y que tanto éxito obtuvo, fue sustituida de una manera paulatina por la oficial. Comenzó una época donde el dinero público entró con facilidad –y, a menudo, de manera exagerada– en el mundo de la cultura. El resultado fue un progresivo desplazamiento hacia el espectáculo. La exposición Cota Cero, que se inauguró en Alicante el mes de enero de 1985, es un buen ejemplo del cambio que se estaba produciendo. Organizada por el crítico Kevin Power, sus objetivos eran llamativos pero sus consecuencias resultaron simples: mostrar lo variado de la pintura española del momento. La exposición deslumbró pero los resultados fueron parcos.
En los últimos treinta años, la cultura en Alicante ha alcanzado –siempre dentro de un tono menor– una cierta normalidad. Al estar en manos de los políticos, sus resultados han dependido en cada momento de la calidad profesional de estas personas. Como todo el mundo conoce la historia de Alicante en este tiempo, no me extenderé más. Hay, sin embargo, un fenómeno al que me quisiera referir: el número tan elevado de personas que se dedican a la práctica del arte –pintar o escribir– en la actualidad. Siempre han existido aficionados a ejercitar una u otra forma de arte, pero las proporciones que ha alcanzado el fenómeno no las había visto jamás.
En contra de lo que cabía esperar, el aumento del número de practicantes no se ha traducido en una mejora del clima cultural; al menos, en una mejora perceptible. Desde hace un tiempo, la provincia de Alicante ha caído en un cierto conformismo que es, por lo demás, una de las características de la época. Nuestras diversiones nos ocupan de tal modo que no nos queda tiempo para cultivar un espíritu crítico. Tal como están las cosas, no creo que esto pueda cambiar en el futuro. Desaparecida el Aula de Cultura, en las circunstancias tan penosas por todos sabidas, Alicante vive al margen de los circuitos de la actualidad. Sólo algunas galerías de arte, muy pocas, resisten en una lucha desigual. Uno echa en falta aquella información directa, viva, actual, que el Aula de Cultura ofrecía y que mantuvo hasta su cierre. La universidad, que podría haber ocupado ese lugar, ha renunciado a ello por unas u otras razones. Sin arte nuevo, sin ideas, sin un debate sobre esas ideas, es difícil que una sociedad pueda evolucionar.

jueves, 13 de abril de 2017

Texto de Marilé Molina varó, en AUCA, Nº 21, DE 2011



Mis primeros recuerdos infantiles se refieren a un cuento que nos relataba mi padre cada domingo a mi hermana [Clemencia] y a mí. Las mañanas de aquellos días de fiesta al despertar, nuestra ilusión era ir a la cama de mis padres para continuar oyendo el relato que mi padre retomaba sobre las aventuras de una cabrita llamada Coral, con una condicion previa, nosotras debíamos recordar dónde se había acabado el domingo anterior el cuento.
Cuando evoco mi infancia tengo presente el ambiente de aquellos difíciles años 50 y 60, tan parcos en cosas superfluas. Recuerdo aquellos calcetines de algodón remendados en los talones y el esfuerzo que hacíamos para que no se vieran por encima de los zapatos, también recuerdo los bocadillos de la hora del recreo: eran de salchichón, de sobrasada, pero nunca de jamón.
Vivíamos mi familia y yo (los cuatro como le gustaba decir a mi padre) en un tercer piso de una calle del Barrio de San Blas, cuyo nombre era todavía el del constructor y después fue calle del Poeta Garcilaso de la Vega. La fachada daba al cementerio viejo, pero por la parte trasera se contemplaba el mar desde el cabo de Santa Pola al Cabo de la Huerta. Allí era donde estaba el despacho de mi padre, donde escribía, leía y recibía a sus amigos. Allí conocimos mi hermana y yo a Josefina Manresa, que venía desde Elche al cementerio de Alicante, donde reposan los restos de Miguel Hernández. La recuerdo evocando con mi padre el ambiente de Orihuela que ambos habían vivido en su juventud, también recuerdo su belleza serena, su mirada triste y su voz.
La gente que venía a Alicante buscando noticias del poeta Miguel Hernández pasaba por mi casa: Concha Zardoya, Ma de Gracia Ifach, Marie Chevallier... Mi padre también mantenía amistad y correspondencia con otros escritores y poetas del resto de España, Ma  Beneyto, José Albi, Julián Andúgar, Vicente Aleixandre...
Una tarde de verano, el poeta Blas de Otero, que pasaba unos días en Alicante, se encontraba en mi casa. Mi vecina de abajo me pidió que fuese a jugar a la calle, mi respuesta fue que no iba a salir porque "estaba en mi casa el mejor poeta de España". Respuesta que hizo sonreír al poeta que escuchó todo esto a través de una ventana abierta.
En el estudio que el pintor Gastón Castelló tenía en la calle San Fernando se organizaban de cuando en cuando reuniones a las que acudían escultores como Carrillo y Gutiérrez, pintores como Pérez Pizarra, cantantes de coro como Antonio Oliver (el Bardo), acompañados de sus mujeres e hijos; allí se merendaba, se cantaba "La Cabrita" interpretada magistralmente por Gastón y el Bardo.
Fue fundamental en la vida mi padre y en su obra la relación con sus amigos*de Orihuela, Carlos Fenoll, los hermanos Sijé y Miguel Hernández. Era mi padre el benjamín, (7 años le separaban de Miguel), de aquellas reuniones en la tahona de los Fenoll en la calle de Arriba, pero siempre le oí narrar con verdadera emoción el momento del nacimiento de los primeros poemas de Miguel Hernández o de Carlos Fenoll.
La pérdida de la guerra, la muerte de Miguel en la cárcel de Alicante, y muchos otroreveses de aquella época, hacen escribir a mi padre estos versos: 

 Quiero recordar tu figura y tu acento,
 y más te pierdo cuando más te busco,
 desisto de mi empeño, aunque no te olvido, 
que más vivo estás en mí, ahora de muerto,
que lo estuviste antes, cuando vivo.

En los años 70 y 80 mis padres hicieron realidad uno de sus sueños, viajaron a París, Roma, Grecia o Viena. Mi padre siguió escribiendo poesía, artículos en prensa, revistas o llibrets, y dando charlas y conferencias. Este ajetreo viajero, el nacimiento de sus nietos y el contacto humano en charlas, conferencias y encuentros literarios, fueron llenando su vida hasta el final.

lunes, 3 de abril de 2017

Comentario de la almeriense Celia Viñas sobre el libro "Hombres a la deriva" de Manuel Molina



HOMBRES A LA DERIVA. Comentario de Celia Viñas.

Este libro no es el libro de un poeta al uso más claro. Este libro no es tan solo el libro de un poeta de palabras o de poesía. Es un hombre –nada menos que todo un hombre­– el que escribe “HOMBRES A LA DERIVA”. Y el hombre no nos habla de las cosas –horribles o preciosas– de las que parlotean los poetas al uso y al abuso. Nos habla del hombre. De los hombres de hoy a la deriva. El, el hombre y el poeta, los mira desde la vuelta de su carretera –una difícil ribera lírica donde los instrumentos, las mareas, el trabajo sustituyen la hermosura de la playa  frente al mar libre, conchas, corales, arena– y grita por el hombre y su libertad. La esencia. Como grita el hombre de la orilla ante el náufrago en el horizonte. Construyó caminos hasta hoy Manuel Molina y quien construye caminos en la tierra tiene que escribir de manera profundamente seria y sentida. De una manera dramática y severa. Serenamente, en amplio dolor que se hace inteligencia. La ascética del trabajo fortalece el músculo y el alma del autor. Hombre al aire libre, que convivió con el obrero ordenó su trabajo, frente a la naturaleza dura y amplia, nunca cantará la alcoba de la mujer y el narcisismo del propio espejo. Cantará  a los hombre en su primer libro de empuje escrito con las manos anchas de las honradez de los oficios medievales y modernos, hoy que Molina vive entre libros leemos su obra de construcción como en un campo a lo Walt, el americano, más que un canto filial de Aleixandre.
   “Este es mi primer libro. Un libro, elemental y rudo, como yo quisiera ser”. “Mi obra está consagrada al hombre”. Pertenece esta obra a un neohumanismo que vemos como se va arquitecturando entre tanta poesía de sauce Morón, tremendismo de efecto y demás aproximaciones. Lo que llamaríamos poesía de “accésit”. De algo a lo que no se llega. Que no se alcanza. Esta poesía que quiere sustituir la fuerza contenida de la poesía en semilla apretada, por la longitud de caña de versículo roto en paralelismos antitéticos… –Dulce flautistas ¿soltezan? en las cañas de los pastores solos–. La hermosura de la obra no puede ser sustituida por la intensidad del lamento, del lamento más o menos sincero. Y no. Aquí está el poema que debe construirse como se construye una carretera o un puente. Como se construye una casa o un molino. Por él deben caminar los hombres o moler en él, el pan de su hambre. Si así no fuera –versos a la deriva– las palabras serían una hermosa y repugnante mentira.
   Es el hombre que canta y se canta. No se encanta. Para encantadores de serpientes hay que admitir la flauta oriental y la existencia de los que se arrastran. Aquí humano y religioso, el poeta, el hombre sólo canta al hombre ya a Dios. Y el hombre que canta a Dios y se canta a sí mismo como criatura de Dios es un hombre bueno. Y un buen poeta. No nos extraña la dedicatoria a Antonio Machado. No lo hemos dado ni un momento. “Hay que poner el corazón en los más alto… en voluntad de enamorado”, “ganar la majestad de la entereza con el solo de Dios en nuestras venas”. Está dicho todo en la primera página del libro. Pasemos a la segunda: ¿ser o no ser? Ser hombre. He ahí la solución única que admite Molina ente el problema de vida y poesía.
   Lo dramático del libro no está en el grito o el lamento, está en la certidumbre generacional de que el hombre es un autómata sin sangre y el poeta murguista… cuando el hombre no tiene amor. “Horas es ya de que venga el vigilante y disperse la murga.” ¿No recordamos a don Miguel de Unamuno? Los hombres deben madrugar, irán a la labranza, forjarán el hierro, afinarán el corazón de la madera, construirán una carreta ancha, hermosa… ¡Qué se calle la murga y les deje dormir ¿Cómo lograr este maravillosa madrugada, esta alborada sin lírica y sí con poética, este amanecer? ¿Cómo evitar el barro, la taberna, el tabaco, la cloaca, la baraja, el gusano, el mendrugo, la mentira? El hombre puede caer en la miseria de la ciudad o en el dolor de la soledad –los amigos de fueron– ¿qué hacer? Volver al principio:

 “es precisos volver a la partida
al origen primero, aquel estado
donde aún el amor era vida”.

  La solución, más que social es teológica. Necesita el hombre encontrar el “corazón de la tierra”, encontrarse con Adán en su inocencia, en su Paraíso. Y si Molina vive en mundo que grita,  ¿…? donde como una enrome escoria –son sus palabras– “viven los ángeles del luto” tiene no obstante, toda la gallardía del superviviente. Del que lo puede contar.
    Así, en la segunda parte cambia de ritmo y hay una clara esperanza:

 


viernes, 31 de marzo de 2017

De Miguel a Miguel y de Molina a Hernández, pasando por la Elegía a Ramón Sijé


“DE MIGUEL A MIGUEL” – Miki Molina rinde homenaje a Miguel Hernández

De Miguel a Miguel
El actor Miguel Molina protagoniza “DE MIGUEL A MIGUEL”, un homenaje al gran poeta y dramaturgo español, Miguel Hernández, los días 31 de marzo y 1 de abril a las 20:30 horas en el Teatre Arniches de Alicante. Un espectáculo dirigido por Rubén Cano, con música original de Luis de Arquer al piano y Gabrielle Kaufman al violonchelo.
Esta obra es un acercamiento escénico a la poesía de Miguel Hernández, desde su soledad, llanto, pena y desolación, pero también desde su amor a la vida, a la naturaleza, a sus versos, a sus hijos, a su esposa Josefina y, sobretodo, a la esperanza. Una selección de poemas que recoge obras inolvidables como ‘Me llamo Barro’, ‘Sino Sangriento’, ‘La Canción del Esposo Soldado’, ‘Elegía a Ramón Sijé’ o ‘Nanas de la Cebolla’.
Miguel Molina se convierte en Miguel Hernández en el escenario, y no sólo nos acerca la presencia de Miguel Hernández, sino que también nos conduce al interior de su celda, a la realidad de un poeta universal abandonado por el mundo que le volvió el rostro, y el único resorte que le queda es La Palabra.
De miguel a miguel 2
La música es el gran subtexto de la obra, la corriente del río por el que se dejan llevar los versos del poeta. Compuesta de forma original por Luis de Arquer e interpretada en directo por él mismo al piano y por la violonchelista Gabrielle Kaufman, esta pieza irrepetible es el elemento esencial que cohesiona la obra creando una atmósfera única. De carácter minimalista, “De Miguel a Miguel” se aproxima a un espacio vacío, desnudo, que toma forma gracias al vestuario y atrezzo de Sandra Blakstad y a la Iluminación de Paco Ariza.
FUNCIONES: 
Viernes 31 de marzo a las 20:30h.
Sábado 1 de abril a las 20:30h.
Viernes 31 de marzo a las 11:00h. (Función escolar)
Precio: 12€ / 15€
COMPRAR ENTRADAS: https://www.instanticket.es/description/?id=6998&site=406&b=1
Venta en Atrápalo: https://www.atrapalo.com/entradas/de-miguel-a-miguel_e4800187/#descripcion_evento

De Miguel a Miguel 3
Esta obra pone todas las artes al servicio de la palabra de Miguel Hernández, para que se vuelva a oír su voz y para que perdure por siempre.
FICHA ARTÍSTICA:
Idea original: Luis de Arquer
Dirección: Rubén Cano
Miguel Molina………….. Voz
Gabrielle Kaufman……… Violonchelo
Luis de Arquer………… Piano
Poemas: Miguel Hernández
Música y animaciones: Luis de Arquer
Iluminación: Paco Ariza

SELECCIÓN  DE  POEMAS

‘Me llamo Barro aunque Miguel me llame’
‘Llegó con tres heridas’
“Elegía a Ramón Sijé’
‘Sino Sangriento’
‘Después del Amor’
‘Eterna Sombra’
‘Letrilla de una Canción de Guerra’
‘El Esposo Soldado’
‘Nanas de la Cebolla’
‘Que como el Sol sea mi verso’

sábado, 25 de marzo de 2017

Logo de Manuel Molina en su centerario, diseñado por Francisco Sánchez Soria



  





Diseño de Francisco Sánchez Soria del logo para las conmemoraciones del centenario
de Manuel Molina Rodríguez.



Sinopsis:

Una vida – la de Manuel Molina- contenida entre dos signos de escritura, que le abrieron y le cerraron el interrogante de su existencia.

El signo, aquí traiciona su identidad, abandona el abismo de la pregunta y se materializa en el objeto querido “la pipa”.
Pero la pipa como en Magritte “Ceci nèst pas une pipe.”

Es el perfil antropomórfico de una cabeza que existe en el vacío entre dos signos que no lo son.

Al fin lo que nos queda de él sólo es el humo de su nombre.